martes, 19 de noviembre de 2013

Segunda nota informativa.

 Hola otra vez a todo el que me lea :) Siento interrumpir la historia, pero hay un par de cosas que me gustaría decir.
 La primera, avisar de que estas semanas me será prácticamente imposible colgar nada más. Ya avisé antes de comenzar que estoy en un curso que requiere muchas horas de estudio y, además, ahora estoy en temporada de exámenes, por lo que necesito incluso más tiempo.
 De todas formas intentaré subir aunque sea una actualización corta los fines de semana o durante un descanso si un día puedo acabar de estudiar antes (aunque, perdonadme, pero lo dudo).
 Disculpad las molestias.

  La segunda... Bueno, principalmente solo quería dejar este aviso, pero creo que no sería justo acabar sin daros las gracias a todos y todas los que seguís la historia.
 Este blog no tiene demasiado tiempo y, sin embargo nada más crearlo recibió una acogida estupenda. Y no solo eso, sino que además de todo dedicáis parte de vuestro tiempo a leerme y apoyarme. Algunos incluso dejáis comentarios que me ayudan y animan muchísimo y... ¿Qué puedo decir? Estoy muy contenta de haber empezado con este proyecto y aún más agradecida con todos los que hacéis que merezca la pena seguir con él.
 Muchas gracias a todos :D


Laura Llg

lunes, 18 de noviembre de 2013


Dudo entre salir corriendo, esconderme o rogarles que se detengan, pero… ¿Quién va a escuchar a alguien como yo? ¿Qué pinta una cría de dieciséis años en una disputa de hombres?
 A sus ojos, nada.
 Cuando aún no tengo del todo claro qué opción escoger, una mano se cierra sobre mi cuello y me arrastra hacia el lugar de la disputa, colocándome entre los dos.
-      ¡Deja las excusas para alguien a quien le interesen y dame mi dinero si no quieres que lo pague una inocente!
 Puedo verle la cara al dueño del puesto, un anciano de aspecto tranquilo cuyo rostro está cada vez más pálido, mirándome con la impotencia pintada en los ojos mientras algo frío me aprieta la garganta. Aprieto la mandíbula con fuerza y aguanto la respiración durante un momento, pero no me resisto.
-      No seas irracional, por favor. – Suplica el anciano levantando ambas manos en ademán tranquilizador. – Suelta a la niña, que no te ha hecho nada la pobre, y solucionemos esto hablando como adultos.
-      ¡¡Cállate!! ¡Calla! ¡Si pagases tus deudas cuando corresponde, nada de esto sería necesario!
 A medida que habla mi captor, la presión que siento contra la garganta se va haciendo más fuerte y, como su mano tampoco me suelta el resto del cuello, temo llegar a casa marcada.
-      Por el amor del cielo, suéltala. Ahora mismo no puedo pagarte, pero sabes que te devolveré todo el dinero lo antes posible… Solo te estoy pidiendo que tengas un poco más de paciencia con este viejo que solo tiene un puesto de dulces ambulante como único sustento. Por favor… Estamos dando un pésimo espectáculo.
-      ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Ese es tu problema, no el mío, y tienes que pagarme ya sin importar cómo consigas el dinero! ¡Tengo una familia de la que hacerme cargo, no puedo estar perdiendo el tiempo en cosas como esta!
 Ambas voces están rotas. La del anciano por la pena y el dolor de ver en otra persona una situación que, seguramente, él ha vivido en algún momento y no es precisamente agradable. La del hombre más joven está manchada de rabia y tristeza al verse rebajado a tales extremos solo para poder mantener a su familia. Probablemente se esté preguntando qué pensarían sus hijos si lo viesen hacer esto solo para conseguir dinero y, si es así, lo más seguro es que se sienta despreciable.
 Después de todo, el hombre al que consideraba un miserable criminal se ha convertido en un padre de familia desesperado. Y, con este descubrimiento, el miedo se transforma hasta fundirse con ese dolor, esa rabia que tiñe sus palabras y sus actos. Porque esto no debería estar pasando. No es justo.
 ¿Hasta dónde puede llegar la injusticia en este mundo? ¿Y la desesperación? ¿Por qué se obliga a las personas a hacer cosas tan horribles?

 Pierdo el hilo de mis pensamientos cuando la presión que ejerce sobre mi cuello empieza a volverse dolorosa, tanto que no puedo contener un quejido. Y, de pronto, un chasquido metálico se deja oír entre el jaleo circense.
 Reconozco ese sonido y me las ingenio para levantar la cabeza, haciéndome daño, justo a tiempo para ver cómo una silueta menuda y de aspecto imponentemente gélido se dirige hacia nosotros con un salto impensable para alguien que no tenga una forma física excepcional.
 Mi mente retrocede seis años en el tiempo y se dirige a un callejón no muy lejano para recordarme la sangre y el horror. El mismo horror que me hace reaccionar, dándome valor para hacer lo que no hice ese día.
-      ¡¡Ekko, para!!

domingo, 17 de noviembre de 2013


Disfruto de la actuación como una niña pequeña, igual que cada año. No importa cuántas veces vea la misma función, siempre hay algo diferente que te hipnotiza más si cabe, algún detalle que te crea un nudo en la garganta y acelera tu pulso.
 A decir verdad, se me hace corta. Llamadme inmadura, pero son esos pequeños momentos los que hacen que merezca la pena seguir adelante con todo, porque viendo las distintas actuaciones y el esfuerzo oculto tras ellas puedo darme cuenta de que aún quedan cosas bonitas.
 Cuando la carpa entera estalla en una gigantesca ovación tras el número final, no puedo evitar que me invada una pesada sensación de vacío que intento evadir aplaudiendo yo también. No tardamos en ponernos de pie y salir por donde hemos entrado, al igual que cada año.
 Pero esta vez siento como si una parte de mí se quedase atrapada entre la lona de colores.
-      Estás triste.
 Doy un respingo. Estaba tan absorta en mis pensamientos que casi olvido a Ekko.
-      ¿Qué? No, no lo estoy.
-      Pues estás más apagada que de costumbre.
-      Será el cansancio. – Contesto con un bufido. - ¿Y qué narices es eso de “más apagada que de costumbre”? ¿Acaso normalmente tengo cara de muerta?
Me mira fijamente durante un segundo y luego ladea la cabeza, mirando a ella sabrá dónde con cara de no haber roto un plato en su vida. No es muy dada a este tipo de reacciones, así que no puedo evitar reírme.
-      Mira que tienes morro cuando quieres… En fin, ¿quieres jugar a algo?
-      Deberíamos volver, Lis. Es tarde.
 Quiero replicar, pero no sé lo que responderle: si se le mete en la cabeza que algo no es seguro para mí, no va a ceder. Está realmente obsesionada con eso de protegerme.
-      Vale, vale. Pero compremos algo dulce para tomar por el camino, ¿qué tal manzanas de caramelo?
 Se encoge de hombros, lo que interpreto como una respuesta afirmativa. Echo a correr hacia el puesto antes de que pueda cambiar de opinión y dejarme sin dulces, pero tengo que detenerme nada más llegar cuando veo la acalorada pelea entre el dueño del puesto y otro hombre de aspecto extraño.
Temerosa e insegura, me quedo clavada en el sitio esperando que el problema se solucione pronto. Aunque a juzgar por los gritos e insultos, esto no tiene pinta de ir a resolverse de buenas maneras.

 No soy capaz de moverme, por lo que escucho el fuego cruzado de acusaciones. Parece que sea un problema de deudas, aunque ni estoy segura ni tengo especial interés en cerciorarme.
- ¡¡Parece que no lo entiendes, maldita sea!! ¡No puedo estar esperando a que te dé la gana de reunirlo, así que dámelo de una vez!
 El hombre de aspecto extraño golpea el puesto con tanta fuerza que, por un momento, temo que lo rompa. Algunas manzanas caen al suelo y los cacharros emiten un quejido metálico, por lo que doy un par de pasos hacia atrás. Los pies se me traban.
 No me caigo, pero al recuperar el equilibrio piso de forma muy ruidosa, atrayendo su atención. Cuando se gira hacia mí me quedo paralizada. No sé cómo reaccionar.
 

viernes, 15 de noviembre de 2013


Sonríe levemente y ladea la cabeza. Ya conozco demasiado bien esa expresión de “no tienes remedio.”
 Sé que piensa que no soy práctica, que tengo la cabeza llena de pájaros y me dejo llevar por fantasías que solo existen en los libros. Todo el mundo lo cree y la verdad es que seguramente tengan razón, pero me importa un pimiento.
 A diferencia de lo que piensa la gente, crecer en una familia adinerada no es nada sencillo: tienes que ser perfecta. La más guapa, la más inteligente, la más habilidosa en todo tipo de tareas… Y mi condición lo empeora todo. No solo aprovechan que apenas puedo salir de casa para doblar mis horas de formación, sino que lo hacen porque soy defectuosa e intentan por todos los medios que no les avergüence ante esta sociedad hipócrita en la que un defecto genético se considera poco menos que una maldición.
 ¿En serio alguien espera que me sienta cómoda entre tanta escoria? Prefiero mil veces vivir entre las aventuras de los libros. Al menos en ellos hay personajes honestos.
 Miro a Ekko, que se ha parado a mi lado y me taladra con sus ojos de hielo. No habla, no gesticula ni se mueve, pero no lo necesito para comprender que ha adivinado lo que estoy pensando.
-      Yo no le daría tantas vueltas a todo. ¿No has dicho que esta era nuestra celebración privada?
-      Y lo es, pero…
-      Pero nada. Estamos en un sitio que te gusta, lo normal es que te diviertas.
 Sonrío. Sigue siendo bastante ruda, pero sé que esa es su forma de decirme que no me preocupe y que debo animarme, así que me acerco a la carpa principal y asomo la cabeza: está oscuro y la gente va tomando asiento poco a poco.
-      Parece que llegamos a tiempo para la última función de hoy. ¿Quieres entrar a verla?
 Por toda respuesta, se adelanta en un par de zancadas. La observo, dejándose tragar por la oscuridad que pronto dará paso al espectáculo y no puedo evitar sentirme inquieta durante un instante.
 Sacudo la cabeza, no hay nada de lo que preocuparse. La alcanzo con una carrera corta durante la que tropiezo con un par de personas.
 Mientras buscamos asientos con buena visibilidad, no soy capaz de apartar los ojos de los artistas que ensayan antes de su número.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 2


 El tiempo pasaba y con él mi inicial aversión hacia Ekko. Ambas fuimos adaptándonos la una a la otra: yo me acostumbré a tenerla pegada prácticamente las veinticuatro horas del día y aprendí a no asustarme si aparecía de pronto en mi cuarto con su habitual sigilo felino. Ella trató de socializar un poco con la gente de la mansión y se esforzó por hacerse notar de vez en cuando para no matar a las criadas de un infarto.
 Durante los meses siguientes fui aceptando que me acompañase en todas mis escapadas y al año siguiente ya las planeábamos juntas.
 Y así hasta hoy.
* * *

 Es noche cerrada. El viento sopla, ensañándose con los cristales, y las nubes presagian lluvia. Pero nada de eso puede detener el torrente de vida que desfila por las calles.
 Bajo las escaleras de puntillas, rezando para no hacer crujir los escalones bajo mi peso. Al saltar el último, me dirijo al recibidor todo lo rápido que puedo, capa en mano.
 Abro la puerta con una mano mientras con la otra me ajusto la capa, aunque no me pongo la capucha hasta estar fuera y cerrar con toda la delicadeza de la que soy capaz.
  Alzo la cabeza para ver mejor las gigantescas telas multicolores que forman las carpas y sonrío sin poder evitarlo. Ahí empezó todo.
 Tengo dieciséis años. Han pasado seis desde el traumático suceso que me permitió ver a Ekko de forma diferente y, como si de una especie de aniversario se tratase, ambas venimos a ver el circo ambulante cada año; siempre juntas y siempre el mismo día.
 Comienzo a andar, consciente de que ella me sigue con su habitual sigilo. No puedo evitar mirarla y dejarme llevar por un sentimiento extraño al percatarme de cuánto ha cambiado: sigue siendo algo más baja que yo y no hay forma de que coja un poco de peso, sigue siendo igual de imponente y fuerte, pero… Su cabello ha crecido un poco. No demasiado, insiste en llevarlo corto porque dice que es más cómodo, pero al menos pude arreglármelas para igualarlo. Aunque normalmente viste ropa de chico por los mismos motivos, Ekko es una chica y eso empieza a notarse en su cuerpo.
 El cambio más notable son sus ojos, que ya no intimidan e incluso son capaces de sonreír a veces.
 Aunque, ahora que me paro a pensarlo, creo que el cambio en ese sentido ha sido mío: he aprendido a ver más allá de la frialdad, a leer sus sentimientos y tenerlos en cuenta aunque nunca los muestre…   Me ha costado seis años, pero creo que empiezo a comprenderla un poco. Ese ha sido mi gran avance durante este tiempo.

 
Tardo un momento en darme cuenta de que ella también me está mirando fijamente y no puedo evitar reírme mientras acelero un poco, sintiendo el aire impactando contra mi rostro.
-      Venga, que a este paso nos va a amanecer.
 Asiente con rapidez y la veo caminando a mi lado en solo unos segundos. Ella no lleva capa ni nada que se le parezca, así que me preocupa que pueda pasar frío. Aunque lo cierto es que nunca la he visto enferma.
-      ¿Por qué venimos cada año?
 La miro extrañada. No esperaba esa pregunta.
-      ¿Qué pasa, no te gusta?
-      No es eso. Ya debes saberte de memoria cada rincón, ¿por qué seguimos viniendo?
 Me detengo en seco, justo delante de ella y la miro directamente a los ojos, aunque para eso tengo que quitarme la capucha.
-      ¿Y qué si me lo he aprendido de memoria? Este lugar es especial. En cierto modo, todo empezó aquí. Es nuestra pequeña celebración privada. Además, la gente cambia a cada momento: falla, aprende de sus errores y evoluciona para cometer otros nuevos y seguir aprendiendo de ellos, así que no hay dos días iguales. Y menos dos actuaciones iguales.
-      Si las hubiese, algo me dice que seguirías viniendo. ¿Por qué amas tanto el circo?
 Ahora soy yo la que se queda pensando. ¿Por qué?
 Me hago un lado para que podamos seguir caminando y, poco a poco, nos vemos inmersas en el enredo de luces y olores que tan bien me hace sentir. Trajes deslumbrantes, payasos, malabaristas… Y al verles a todos, la respuesta viene sola.
-      No estoy segura de que haya un motivo concreto. Más bien, el circo es un motivo en sí. ¿Sabes? Desde que lo leí en los cuentos que tenía de niña, me enamoré de ese ambiente. El no tener un lugar fijo y poder llevar la casa a cuestas, la dedicación y el esfuerzo para hacer un buen número, los aplausos de la gente, los amigos que se hacen en el camino… Y ahora que puedo conocerlo de cerca es el doble de maravilloso. Se respira libertad por todas partes.

lunes, 11 de noviembre de 2013


Esperé para asegurarme de que la había entendido bien, ya que nunca había escuchado ese nombre. Era extraño, así que solo contesté cuando estuve segura de saber pronunciarlo.
-      ¿Ekko qué más?
Me miró fijamente durante un instante. La confusión había vuelto a sus iris de hielo.
-      ¿Cómo que qué más?
-      Me refiero a tu apellido. ¿Cuál es tu nombre completo?
-      Ekko es mi nombre completo. – Contestó con tono desorientado. - ¿Qué es un apellido?
 Esa pregunta me pilló desprevenida. Ya podéis imaginar lo complicado que fue para mí encontrar una respuesta decente en ese momento.
-      Pues… Es una palabra que va justo después de tu nombre y que compartes con toda tu familia. Mi padre dice que los apellidos son importantes, porque por ellos puedes saber el nivel o la fama de las familias; pero yo pienso que eso es estúpido. Mi nombre completo es Lisbell Peyren, pero si vamos a estar mucho tiempo juntas puedes llamarme Lis.
-      ¿Por qué Lis?
 Titubeé. ¿Por qué Lis? Nadie me llamaba así, ni lo había hecho nunca.
 No, claro que no. Yo siempre había sido Lisbell o la “señorita Peyren”. No tengo nada en contra de mi nombre, pero la sensación de criarse en un entorno donde nadie te llama de forma cariñosa cuando eres pequeña no es agradable.
  Supongo que fue una especie de rechazo a tanto protocolo, un pequeño acto de rebeldía. Era algo de lo que nadie se daría cuenta, pero lo había decidido sola y me sentía bien solo con eso.

 Las horas siguientes transcurrieron sin mucha novedad. Ekko era fría, misteriosa y ligeramente mecánica, pero comprendí que no dejaba de ser una persona. Me transmitía mucho respeto e incluso me inquietaba bastante en ciertos momentos, pero el pánico que sentía al mirarla poco a poco se fue transformando en curiosidad.
 Sé que puede sonar extraño. Haberla aceptado sin más después de una experiencia tan traumática, sin duda es difícil de creer. A veces me da por recordarlo y tengo que admitir ante mi propia conciencia que yo tampoco lo comprendo muy bien.
 Los niños son diferentes, nobles. No tienen malicia y pueden intentar comprender a una persona aunque esta se lo haya hecho pasar mal, y si hay algo de lo que realmente me alegro es de haberla conocido siendo una niña.
 Tras un tiempo indefinido de charla, las emociones me pasaron factura y mi cuerpo me obligó a dormir, así que me arrebujé entre las mantas con una leve sonrisa.
 Aunque no comprendía del todo lo que eso quería decir, aquella noche había empezado desde cero. La resignada y obediente Lisbell había dejado un hueco para mi nuevo yo. Había nacido Lis.

domingo, 10 de noviembre de 2013


 Aquello me pilló completamente desprevenida: no solo era la primera vez que la oía hablar, sino que además lo había hecho en mi idioma. Tenía un ligero acento que no supe identificar, pero se la entendía perfectamente.
 Terror y asombro se mezclaron en mi interior al escuchar esa voz neutra, vacía y tan fría como su aspecto físico.
 ¿Qué debía responderle? ¡Por supuesto que le tenía miedo! ¡Mucho más que miedo! Y sin embargo…
 En cierto modo, sentí que también era la voz de una niña.
 Una niña como yo.
 Movida por un sentimiento incomprensible y esa inocente curiosidad que solo se tiene a los diez años, sequé mis lágrimas como buenamente pude e hice un gesto de duda.
-      Sí y no. – Intuí que quería una explicación, de modo que obligué a mis temblorosas cuerdas vocales a dársela. – Tengo miedo de lo que he visto. Mucho, muchísimo miedo. Pero hemos estado solas muchas veces y nunca me has hecho nada.
Tragué la poca saliva que me quedaba, esperando su reacción. Aunque era casi imposible percibir algún cambio en aquel rostro inexpresivo.
 Permaneció así unos minutos, sin moverse ni un centímetro. Solo un par de parpadeos evitaron que la confundiese con una estatua.
 Cuando ya me estaba resignando a dar por terminada nuestra efímera conversación, la extraña relajó un poco el cuerpo.
-      Solo lo hice porque era necesario. Ese hombre iba a hacerte daño.
 Lo dijo como si estuviésemos hablando de tirar los fragmentos de un cristal roto para que nadie se cortase al pisarlos. La indiferencia de su respuesta y el hecho de que arrebatarle la vida a una persona le parecía algo completamente normal me asustaron incluso más.
-      Pero… ¡Lo que has hecho está mal! ¡Muy mal!
 Volvió a parpadear y, por un instante, me pareció que estaba confusa.
-      ¿Mal? Solo te estaba protegiendo. Es mi trabajo.
-      ¡Puede que sea tu trabajo, pero no tenías que…! – Se me cortó la voz al recordar de nuevo la escena, y supe que esa imagen habitaría en mis pesadillas durante mucho tiempo.
Cerré los ojos un momento para intentar relajarme. Esa tranquilidad no era normal. Ninguna persona podría cometer tal atrocidad y quedarse como si no hubiese pasado nada.
 Bueno, casi como si no hubiese pasado nada. No mostraba arrepentimiento, pero parecía que su confusión iba creciendo paulatinamente con cada palabra. Y eso se reflejaba en sus ojos.
-      Si no estaba bien, ¿por qué no me dijiste que no lo hiciera?
 En ese momento fui yo la sorprendida. ¿Cómo que por qué no se lo dije? ¡Matar está mal, eso es algo que se sabe desde que empiezas a razonar!
 No supe lo que responder. Dejando de lado el hecho de que en ese momento estaba demasiado atemorizada para pronunciar una sola palabra, eso es algo que no necesitas que te recuerden: no se hace y punto.

 Abrí y cerré la boca un par de veces, a ver si de esa forma se trazaba una respuesta con un mínimo de sentido. Pero no conseguí nada.
 Aturdida ante aquella pregunta, decidí que lo mejor era desviar el tema de conversación.
-      ¿Por qué nunca hablas? ¿No es aburrido estar siempre callada?
 Tardó un momento en responder, pero finalmente hizo un gesto de indiferencia con los hombros.
-      No tengo mucho que decir. Tampoco se me pregunta nada.
 Aquella conversación empezaba a ponerme nerviosa: todo era breve, frío y extremadamente lógico. ¿Acaso no sentía? ¿No tenía opiniones, deseos o ideas? ¿No era una niña normal?
 De pronto, cientos de preguntas se me enredaron en la mente. ¿Quién era y de dónde venía? ¿Qué le gustaba hacer? ¿Por qué estaba siempre magullada? ¿Cuándo había llegado a mi casa? ¿Por qué siempre estaba quieta y alerta? ¿Qué edad tenía realmente?
 Aquella, pensé, estaba siendo la noche más extraña de todas las que había vivido hasta entonces.   Aunque lo que no sabía era que el futuro me deparaba otras bastante similares.
 No tenía muy claro qué hora era, ni cuánto había dormido. Supuse que pronto amanecería, aunque no estaba especialmente cansada.
 Suspiré. Mi temor mermaba poco a poco y no supe si eso era bueno o malo.
 Aquella niña había matado a un hombre, ¿cómo podía estar charlando tranquilamente con ella? Bueno, supongo que fuera de la resignación y la confianza infantil: yo era débil e impresionable, defectuosa. Si quería hacerme daño probablemente lo lograría antes de que intentase gritar, así que no tenía forma alguna de defenderme y supongo que fue esa certeza la que instó a mi instinto a “aliarse con el enemigo.”
 Durante un breve período de tiempo, ninguna de las dos dijo absolutamente nada. Las preguntas sin respuesta seguían revoloteando dentro de mi cabeza y, por algún motivo, no me decidía a formular ninguna en voz alta.
 La miré. Su mano derecha había recobrado sus dedos finos y pálidos, cosa que me hizo preguntarme si el recuerdo de aquellas extrañas garras no era más que un producto de mi imaginación. Todo era cada vez más confuso: si la observaba así, parecía casi normal. Era simplemente una niña albina, magullada y delgada, pero no parecía ni la mitad de aterradora.
 Pero seguía teniendo ese algo extraño que resultaba intimidante.

Decidí que alguna de las dos debía llenar el vacío. En vistas de que ella permanecería callada a menos que se la instase a hablar, decidí hacerlo yo con una de las preguntas que tantas ganas tenían de salir.
-      Oye, ¿tienes nombre?
 Tardó un poco menos que de costumbre en reaccionar y, cuando lo hizo, fue con un gesto de sorpresa que asocié a la falta de costumbre a responder preguntas personales. Asintió con la cabeza, haciendo que su desigual cabello se meciese a su alrededor en un desordenado baile.
 Al pasar unos segundos y ver que esa era toda su respuesta, resoplé desesperada.
-      ¿Y cómo te llamas?
Volvió a inclinar ligeramente la cabeza, pero esa vez su expresión se volvió más relajada e infantil. Fue en ese preciso instante cuando una parte de mí comprendió que, en cierto modo, era inofensiva.
-      Ekko.

sábado, 9 de noviembre de 2013


* * *

 Abrí los ojos mientras me incorporaba, inconscientemente y sin apenas respiración. Lo único que podía escuchar era el sonido de mis latidos desbocados golpeándome a una velocidad dolorosa.
 Miré hacia todas partes, confusa, y un suspiro de alivio abandonó su refugio entre mis labios al reconocer la decoración de mi cuarto entre la maraña de sobras nocturnas. Estaba en casa.
 Sonreí, pero la sonrisa se me congeló en el rostro al volverme hacia la mesilla de noche: sobre ella, dentro de un pequeño jarrón de cristal, descansaba una rosa de pétalos tan rojos como las manchas que cubrían algunas de sus espinas. Levanté la mano derecha por puro instinto y la vi decorada con pequeños lunares de sangre medio seca. La misma que ensuciaba la perfección de la rosa.
 Y entonces lo recordé todo. Las imágenes y sensaciones desfilaron por mi cerebro a una velocidad vertiginosa.
 La escapada nocturna al circo y sus maravillosas funciones, el extraño mago regalándome la flor.
 Reviví el encontronazo con mi supuesta protectora y mi enfado. La carrera a través del laberinto de callejones, acompañada por el miedo y la peste a alcohol. Luego…
 Temor e impotencia. Temblores y heridas de rosa en mis manos, de las que brotaban lágrimas de sangre, exactas al charco creciente que teñiría de escarlata el suelo en apenas unos segundos.
 Me estremecí ante la imagen del hombre sin vida, tendido a mis pies. Casi pude escucharle caer de nuevo.
 Sacudí la cabeza en un vano intento de eliminar aquellas grotescas escenas de mi memoria.

 
 Algo se movió en el otro extremo del dormitorio. El levísimo sonido de una prenda cayéndose bastó para que me aferrase a las sábanas como si formasen alguna especie de fuerza salvadora. Fue al desviar la mirada del suelo cuando reparé en ella: callada y completamente inmóvil, su cabello blanco era lo único que podía distinguirse bien.
 Eso bastó para traerme a la mente los destellos blanquecinos, la silueta menuda y albina amparada por la luz de la luna y esa mano inhumana, poblada de extrañas y amenazadoras dagas donde debería tener dedos. Dagas por las que se deslizaban hilos de color escarlata que terminaban goteando contra el suelo.
 Atenazada por el mismo pánico que había sentido en ese momento, me contuve a duras penas para no gritar. No sabía que hacíamos de nuevo en mi casa, ni por qué estaba ella ahí. No entendía nada.
 Percibí su mirada gélida clavada en mí y, a raíz de eso, que se me anegasen los ojos de lágrimas y el pulso me fallara durante un instante eterno, fue todo cuestión de pocos segundos.
 Quise ordenarle que se marchara, pero solo colaboraron mis labios. La voz se había esfumado de mi garganta.
 Inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo que los mechones más cortos de su desordenado cabello le taparan parcialmente el rostro y enmarcasen aquellos enormes ojos estremecedores. Se movió lenta y sigilosamente. A cada paso que avanzaba en mi dirección, yo me iba pegando más a la pared.
 Cruzó media habitación y se detuvo sobre la alfombra, a menos de medio metro de mi cama.
 Sus ojos me taladraron de una forma que me arrancó varios escalofríos. Despegó los labios casi imperceptiblemente.
-      ¿Me tienes miedo?

jueves, 7 de noviembre de 2013


* * *

 Aquello era mucho mejor de lo que había imaginado. Se respiraba alegría, despreocupación…  Los problemas parecían no pasar a través de la fortaleza de carpas multicolores y puestos de comida y abalorios
  Pasé desapercibida para la mayor parte de la gente, aunque algunos payasos hicieron bromas o me sonrieron al pasar por mi lado. Un hombre vestido con traje y chistera me regaló la rosa más bonita que jamás he visto, haciendo que mi rostro se volviese del color de sus pétalos.
 Era la primera vez que alguien me regalaba una flor.
 La música hipnotizaba tanto o más que las manzanas de caramelo, las vestimentas deslumbrantes de artistas y señoras presumidas, los centenares de olores entremezclados (que podían llegar a marear ligeramente en algunas ocasiones) o los adornos de colores. Para una niña como yo, aquello era el paraíso.
No sabría decir muy bien cuánto tiempo pasé, pero pude colarme a ver una de las últimas actuaciones: reí con los payasos, disfruté y sufrí a partes iguales con las trapecistas y me perdí en los increíbles ojos negros del maestro de ceremonias.
 Al dejar la carpa tropecé con alguien que se había parado junto a la puerta. Cuando pude recuperar el equilibrio, encontré dos enormes ojos helados clavándose en los míos con paciente inexpresividad.
 Tal vez por la rabia de ver frustrada mi idea de escapar sin que nadie lo percibiese, tal vez molesta por no poder despegarme de ella ni un instante, perdí los estribos.
-      ¡¿Otra vez tú?! ¿No sabes hacer otra cosa que no sea seguirme? ¡Me da igual lo que te hayan dicho mis padres, no puedes hacer esto! ¿Cuánto llevas aquí?
 Aunque no respondió, su mirada me dijo que llevaba toda la noche siguiéndome. Era tan silenciosa que ni siquiera me había percatado de su presencia.
-      Bueno, da igual. Vuelve a casa, yo voy a intentar ganar una muñeca que he visto antes.
 No tenía dinero para tratar de conseguir la muñeca, pero aún así caminé lo más rápido que mis piernas me permitieron. Todo lo que quería era alejarme de ella. Ser completamente libre por un momento.

 
 Me dejé llevar por la gente de tal manera que acabé saliendo del circo. Miré hacia todos lados, desorientada, para tratar de ubicarme en vano.
 Tenía una ligera idea de cómo volver a casa, de modo que seguí caminando. No tardé mucho en notar que alguien me seguía.
 Al principio no le di demasiada importancia, ya que las calles estaban bastante transitadas y no era tan extraño que alguien llevase una dirección similar a la mía. Sin embargo, los minutos se sucedieron y mi aún poco desarrollado instinto me dijo que aquello no presagiaba nada bueno.
 Apreté el paso y di un par de rodeos, cometiendo el error de adentrarme en callejones ruinosos y estrechos con la idea de despistarlo. Todo sucedió muy rápido.
 Fui a dar con un callejón sin salida. Los nervios y el rodeo laberíntico me habían dejado prácticamente sin aliento, así que solo pude girarme y marearme con el desagradable olor a alcohol que desprendía.
 Era adulto, probablemente mayor que mi padre. Caminaba dando eses y, aunque apenas pude verle la cara y no terminaba de comprender sus intenciones, supe que no venía precisamente a preguntarme la hora.
 Apreté la rosa con tanta fuerza que sentí brotar un par de lágrimas de sangre de las yemas de mis dedos. Sin embargo, no tuve tiempo de gritar.
 En el preciso instante en  que abrí la boca para hacerlo, una sombra blanca y alargada cayó entre los dos. Distinguí varios destellos que me parecieron metálicos moviéndose a toda velocidad.
 Retrocedí, golpeándome con la pared del callejón, mientras el hombre caía desplomado cuan largo era. El impacto provocó un golpe seco sobre el suelo desgastado, sobre el que comenzó a extenderse una mancha escarlata que brotaba de su cuello y se hacía cada vez más grande.
 Me miré las manos por instinto: la sangre que brotaba del mordisco de las espina tenía exactamente el mismo color. No necesité mucho más para comprender que ese hombre estaba muerto.

 
 Temblando como una hoja, me atreví a alzar la mirada. La luz de la luna se reflejaba en un cuerpo pequeño y delgado, vestido con ropas viejas y demasiado grandes para alguien que medía poco menos que yo.
 Miré aquellos brazos níveos, delgados y fuertes. Se me cortó la respiración al comprobar que de aquellas manos tan pequeñas, en lugar de dedos, brotaban lo que parecían filos de daga.
 Delgados, finos y de un material extraño y brillante, del mismo tono que la piel, que me recordó al cristal. Aunque algo me decía que aquello era mucho más fuerte.
 Tenían un aspecto tan terrorífico que un sudor frío comenzó a hacer que el camisón con el que había salido se me pegase a la piel. Apenas podía respirar de puro pánico.
 Sorprendida, pude ver que la otra mano sí terminaba en dedos humanos. Pálidos y huesudos, pero humanos.
 Mis ojos tomaron la iniciativa y decidieron ascender, buscando el amparo de los rayos de luna que bañaban aquella figura de aspecto infernal. Estaba completamente inmóvil, impasible, como si el hecho de haberle arrebatado la vida a un hombre no fuese nada importante.
 La luz se fundía con el blanco de su cabello corto.
 Para cuando nuestras miradas se cruzaron ya estaba fuera de mí misma. Solo necesité reconocer esos enormes ojos, de un azul inhumano, para perder el conocimiento.

miércoles, 6 de noviembre de 2013


 En los días siguientes, la recién llegada se convirtió en poco menos que mi sombra: pasaba las horas sentada a mi lado cuando debía guardar cama, me seguía por toda la casa como un perro guardián…    Era realmente irritante.
 Busqué a mis padres por todas partes para que me diesen una explicación al respecto pero, como era costumbre en ellos, no se dignaron a aparecer por casa. Las respuestas llegaron por boca de mi niñera.
 
Al principio parecía reacia a decir nada, pero solo aguantó callada un par de minutos: aquella niña de apariencia incomprensible había resultado ser la encargada de mi protección, dentro y fuera de la casa.
 No podía creerlo. La miré fijamente, esperando una de sus enormes sonrisas marcadas por las arrugas y un “tranquila, solo era una broma.” Pero no hubo nada de eso.
  Traté de asimilarlo en vano. Acostumbrada a los hombres fuertes e intimidantes que solían acompañarme en mis contadas salidas al mundo, no concebía la idea de que una niña de más o menos mi edad ocupara ese cargo.
 Debo reconocer que no le di la mejor bienvenida del mundo, aunque tampoco es de extrañar. Me crié enclaustrada con mi debilidad genética, privada de todas las diversiones con las que disfrutaban los niños de mi edad y condenada a pasar mis horas entre libros, medicinas y protocolo.
 Quisieron hacer de mí una “señorita de provecho” y lo único que consiguieron con ello fue hacerme odiar a casi todo el mundo. Y aquella extraña impuesta por mis padres no iba a ser una excepción.
  De hecho, era la que más motivos tenía para llevarse mi odio. Era diferente… Fuerte.
 No solo tenía la fuerza y resistencia de la que yo carezco, sino que además era lo bastante autosuficiente como para proteger a alguien de su misma edad.
 Supongo que, al fin y al cabo, todo era envidia. La punzante y dolorosa envidia de una prisionera en su propio cuerpo hacia una extranjera misteriosa y libre.
 No sabía nada de ella. Si tenía o no familia y dónde vivía, si le gustaba trabajar para mis padres o cuándo y por qué había empezado a hacerlo aún siendo tan pequeña… Ni siquiera estaba segura de que hablase mi idioma, porque en los días siguientes no la escuché decir una sola palabra. Era tan sigilosa que ni siquiera hacía ruido al andar, y eso me ponía de los nervios.

 
 Pasó poco más de una semana. Empecé a acostumbrarme a tenerla siempre pegada a los talones, aunque no quiere decir que me resultara agradable.
 Durante esos días tuve un humor de perros. ¿El motivo? Un circo ambulante.
 Rogué, supliqué y lloré para que cediesen a dejarme verlo, pero todo fue en vano.
 Siempre he amado el circo. Los colores, la música, las risas y esas carpas enormes que bien podrían abarcar plazas enteras. Para alguien como yo, todo lo que simbolizase estar fuera de cuatro enormes paredes opresoras resultaba fascinante.
¿De verdad era tanto pedir? ¿Iban a cometer alguna especie de crimen permitiendo que alguien acompañase a su única hija de diez años a ver el circo ambulante? Pues es evidente que ellos debían creerlo.
 Aquella misma noche, cuando toda la casa estaba ya oscura y en silencio, sentí la llamada de aquellas coloridas y brillantes luces. Coreaban mi nombre de una forma demasiado hipnótica para resistirse, de modo que me escabullí fuera de mi cuarto y bajé de puntillas las escaleras para no hacer el menor ruido.
 Frente a la puerta de la calle había una capa colgada. Tuve que saltar un par de veces para cogerla, pero conseguí bajarla del perchero y ponérmela.
 Abrí la puerta mientras me la colocaba de forma que pudiese caminar y ver por dónde pisaba, ya que los pies se me enredaban en el bajo y la capucha me tapaba por completo la nariz. Una vez acomodado aquel enorme pedazo de tela, cerré el portón con todo el sigilo que pude y me encaminé a la aventura.
 Como banda sonora, el sonido de la capa arrastrándose por el suelo al compás de mis pasos y mis latidos desbocados por la emoción. No sentí inseguridad, frío ni miedo ante la noche cerrada.
 No imaginaba que toda mi vida estaba a punto de cambiar.