domingo, 17 de noviembre de 2013


Disfruto de la actuación como una niña pequeña, igual que cada año. No importa cuántas veces vea la misma función, siempre hay algo diferente que te hipnotiza más si cabe, algún detalle que te crea un nudo en la garganta y acelera tu pulso.
 A decir verdad, se me hace corta. Llamadme inmadura, pero son esos pequeños momentos los que hacen que merezca la pena seguir adelante con todo, porque viendo las distintas actuaciones y el esfuerzo oculto tras ellas puedo darme cuenta de que aún quedan cosas bonitas.
 Cuando la carpa entera estalla en una gigantesca ovación tras el número final, no puedo evitar que me invada una pesada sensación de vacío que intento evadir aplaudiendo yo también. No tardamos en ponernos de pie y salir por donde hemos entrado, al igual que cada año.
 Pero esta vez siento como si una parte de mí se quedase atrapada entre la lona de colores.
-      Estás triste.
 Doy un respingo. Estaba tan absorta en mis pensamientos que casi olvido a Ekko.
-      ¿Qué? No, no lo estoy.
-      Pues estás más apagada que de costumbre.
-      Será el cansancio. – Contesto con un bufido. - ¿Y qué narices es eso de “más apagada que de costumbre”? ¿Acaso normalmente tengo cara de muerta?
Me mira fijamente durante un segundo y luego ladea la cabeza, mirando a ella sabrá dónde con cara de no haber roto un plato en su vida. No es muy dada a este tipo de reacciones, así que no puedo evitar reírme.
-      Mira que tienes morro cuando quieres… En fin, ¿quieres jugar a algo?
-      Deberíamos volver, Lis. Es tarde.
 Quiero replicar, pero no sé lo que responderle: si se le mete en la cabeza que algo no es seguro para mí, no va a ceder. Está realmente obsesionada con eso de protegerme.
-      Vale, vale. Pero compremos algo dulce para tomar por el camino, ¿qué tal manzanas de caramelo?
 Se encoge de hombros, lo que interpreto como una respuesta afirmativa. Echo a correr hacia el puesto antes de que pueda cambiar de opinión y dejarme sin dulces, pero tengo que detenerme nada más llegar cuando veo la acalorada pelea entre el dueño del puesto y otro hombre de aspecto extraño.
Temerosa e insegura, me quedo clavada en el sitio esperando que el problema se solucione pronto. Aunque a juzgar por los gritos e insultos, esto no tiene pinta de ir a resolverse de buenas maneras.

 No soy capaz de moverme, por lo que escucho el fuego cruzado de acusaciones. Parece que sea un problema de deudas, aunque ni estoy segura ni tengo especial interés en cerciorarme.
- ¡¡Parece que no lo entiendes, maldita sea!! ¡No puedo estar esperando a que te dé la gana de reunirlo, así que dámelo de una vez!
 El hombre de aspecto extraño golpea el puesto con tanta fuerza que, por un momento, temo que lo rompa. Algunas manzanas caen al suelo y los cacharros emiten un quejido metálico, por lo que doy un par de pasos hacia atrás. Los pies se me traban.
 No me caigo, pero al recuperar el equilibrio piso de forma muy ruidosa, atrayendo su atención. Cuando se gira hacia mí me quedo paralizada. No sé cómo reaccionar.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario