Me llamo Lisbell Peyren, Lis para… Bueno, para
abreviar.
No voy a aburriros con detalles innecesarios
como mi nacimiento o la tediosa historia de mi familia, pero me pareció que
debía compartir mi historia.Más concretamente, mi historia desde que la vida comenzó a tener sentido para mí.
Y para eso debo retroceder unos cuantos años en el tiempo.
* * *
Aunque ya hace bastante de
eso, jamás podré olvidar el día que nos conocimos. Es una de esas experiencias
que se te graban a fuego en el alma, un recuerdo en el que piensas de vez en
cuando y te das cuenta de que podrías haber hecho las cosas de otra forma, tal
vez mucho mejor. Y, sin embargo, aunque soy consciente de ello, a día de hoy no
me arrepiento de nada. Porque mi actitud de entonces me llevó a donde estoy
ahora.
En un primer momento me pareció un simple,
pequeño y desaliñado pedazo de vida. Definición extraña, lo sé, pero a primera
vista no fui capaz de decidir su género.Deduje que sería alguien a quien mis padres habían pagado para hacerme compañía y, harta de falsos amigos comprados, me resistí a mirar. Recuerdo haberle lanzado mi almohada a la cara mientras le ordenaba a voz en grito que se fuera.
Sí, por aquel entonces era una niña malcriada. Me justificaré diciendo que solo tenía diez años.
Antes de que alguien pueda tacharme de antisocial o cosas peores, creo que estoy en mi derecho de aclarar que siempre he sido y soy una persona de salud frágil. Crecí sobreprotegida en el seno de una familia acomodada, con la única compañía de médicos, maestros y acompañada por adultos intimidantes las pocas veces que se me permitía ver el mundo. Mis amistades con gente de mi edad eran fruto de la fortuna familiar y nunca duraban más de una semana.
Sería una niña, pero no era tan estúpida como mis padres pensaban: los niños eran fríos y falsos conmigo, me trataban con asco y miedo de que les contagiase algo. Estaba harta de este tipo de gente.
Sin embargo, no hizo nada de lo que yo esperaba. Me devolvió la almohada sin inmutarse y me miró fijamente con esos ojos… Ojos azules como el hielo. Completamente azules y blancos, la pupila no era más que un profundo círculo azul, un par de tonos más oscuro, en el centro del brillante iris.
Fue entonces cuando me di cuenta de que era
una niña.
Estaba delgada y era más baja que yo, pero
inspiraba fuerza, energía… Un sentimiento que no supe identificar y me
intimidó.
Su piel era tan blanca que parecía porcelana.
O nieve. Sí, era delicada y fría como la nieve, llena de magulladuras que
dolían solo de verlas.Vestía ropa de chico. Le quedaba tan grande que conté seis dobleces en el bajo de sus pantalones, y puede que más en aquella camisa que bien le hubiese servido de vestido.
Iba descalza y tenía los pies muy pequeños y sucios, al igual que las manos, de las que apenas pude ver sus dedos finos y largos.
Su cara era distinta a la de cualquier otra persona que conociese, aunque no supe decir el motivo exacto: nariz pequeña y respingona, labios más bien finos y cortados por el frío… Esos rasgos me parecieron demasiado afilados para alguien de esa edad, y su gesto demasiado serio.
Recuerdo que el pelo de aquella extraña me hipnotizó. Cortado a trasquilones varios centímetros por encima de los hombros, era completamente blanco. Igual que sus cejas.
Me pregunté si sería albina. Recordaba haber leído en alguna parte que esa palabra se utilizaba para nombrar a la gente con una apariencia similar a la suya, y pensé en hacerme la mayor formulando la pregunta en voz alta. Pero no lo hice.
Algo en mi interior me decía que a aquella niña no podían aplicársele nuestros conceptos, que era única.
Y no me equivocaba.
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