El tiempo pasaba y con él mi inicial aversión
hacia Ekko. Ambas fuimos adaptándonos la una a la otra: yo me acostumbré a
tenerla pegada prácticamente las veinticuatro horas del día y aprendí a no
asustarme si aparecía de pronto en mi cuarto con su habitual sigilo felino.
Ella trató de socializar un poco con la gente de la mansión y se esforzó por
hacerse notar de vez en cuando para no matar a las criadas de un infarto.
Durante los meses siguientes fui aceptando que
me acompañase en todas mis escapadas y al año siguiente ya las planeábamos
juntas.
Y así hasta hoy.
*
* *
Es noche cerrada. El viento sopla, ensañándose
con los cristales, y las nubes presagian lluvia. Pero nada de eso puede detener
el torrente de vida que desfila por las calles.
Bajo las escaleras de puntillas, rezando para
no hacer crujir los escalones bajo mi peso. Al saltar el último, me dirijo al
recibidor todo lo rápido que puedo, capa en mano.
Abro la puerta con una mano mientras con la
otra me ajusto la capa, aunque no me pongo la capucha hasta estar fuera y
cerrar con toda la delicadeza de la que soy capaz.
Alzo la
cabeza para ver mejor las gigantescas telas multicolores que forman las carpas
y sonrío sin poder evitarlo. Ahí empezó todo.
Tengo dieciséis años. Han pasado seis desde el
traumático suceso que me permitió ver a Ekko de forma diferente y, como si de
una especie de aniversario se tratase, ambas venimos a ver el circo ambulante
cada año; siempre juntas y siempre el mismo día.
Comienzo a andar, consciente de que ella me
sigue con su habitual sigilo. No puedo evitar mirarla y dejarme llevar por un
sentimiento extraño al percatarme de cuánto ha cambiado: sigue siendo algo más
baja que yo y no hay forma de que coja un poco de peso, sigue siendo igual de
imponente y fuerte, pero… Su cabello ha crecido un poco. No demasiado, insiste
en llevarlo corto porque dice que es más cómodo, pero al menos pude
arreglármelas para igualarlo. Aunque normalmente viste ropa de chico por los
mismos motivos, Ekko es una chica y eso empieza a notarse en su cuerpo.
El cambio más notable son sus ojos, que ya no
intimidan e incluso son capaces de sonreír a veces.
Aunque, ahora que me paro a pensarlo, creo que
el cambio en ese sentido ha sido mío: he aprendido a ver más allá de la
frialdad, a leer sus sentimientos y tenerlos en cuenta aunque nunca los
muestre… Me ha costado seis años, pero
creo que empiezo a comprenderla un poco. Ese ha sido mi gran avance durante
este tiempo.
Tardo
un momento en darme cuenta de que ella también me está mirando fijamente y no puedo
evitar reírme mientras acelero un poco, sintiendo el aire impactando contra mi rostro.
-
Venga, que a este paso nos va a amanecer.
Asiente con rapidez y la veo caminando a mi lado
en solo unos segundos. Ella no lleva capa ni nada que se le parezca, así que me
preocupa que pueda pasar frío. Aunque lo cierto es que nunca la he visto enferma.
-
¿Por qué venimos cada año?
La miro extrañada. No esperaba esa pregunta.
-
¿Qué pasa, no te gusta?
-
No es eso. Ya debes saberte de memoria cada
rincón, ¿por qué seguimos viniendo?
Me detengo en seco, justo delante de ella y la
miro directamente a los ojos, aunque para eso tengo que quitarme la capucha.
-
¿Y qué si me lo he aprendido de memoria? Este
lugar es especial. En cierto modo, todo empezó aquí. Es nuestra pequeña celebración
privada. Además, la gente cambia a cada momento: falla, aprende de sus errores y evoluciona
para cometer otros nuevos y seguir aprendiendo de ellos, así que no hay dos días
iguales. Y menos dos actuaciones iguales.
-
Si las hubiese, algo me dice que seguirías viniendo.
¿Por qué amas tanto el circo?
Ahora soy yo la que se queda pensando. ¿Por qué?
Me hago un lado para que podamos seguir caminando
y, poco a poco, nos vemos inmersas en el enredo de luces y olores que tan bien me
hace sentir. Trajes deslumbrantes, payasos, malabaristas… Y al verles a todos, la
respuesta viene sola.
-
No estoy segura de que haya un motivo concreto.
Más bien, el circo es un motivo en sí. ¿Sabes? Desde que lo leí en los cuentos que
tenía de niña, me enamoré de ese ambiente. El no tener un lugar fijo y poder llevar
la casa a cuestas, la dedicación y el esfuerzo para hacer un buen número, los aplausos
de la gente, los amigos que se hacen en el camino… Y ahora que puedo conocerlo de
cerca es el doble de maravilloso. Se respira libertad por todas partes.
Me encanta tú forma de expresarte tengo muchas ganas de saber como continua la historia es muy interesante
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