lunes, 18 de noviembre de 2013


Dudo entre salir corriendo, esconderme o rogarles que se detengan, pero… ¿Quién va a escuchar a alguien como yo? ¿Qué pinta una cría de dieciséis años en una disputa de hombres?
 A sus ojos, nada.
 Cuando aún no tengo del todo claro qué opción escoger, una mano se cierra sobre mi cuello y me arrastra hacia el lugar de la disputa, colocándome entre los dos.
-      ¡Deja las excusas para alguien a quien le interesen y dame mi dinero si no quieres que lo pague una inocente!
 Puedo verle la cara al dueño del puesto, un anciano de aspecto tranquilo cuyo rostro está cada vez más pálido, mirándome con la impotencia pintada en los ojos mientras algo frío me aprieta la garganta. Aprieto la mandíbula con fuerza y aguanto la respiración durante un momento, pero no me resisto.
-      No seas irracional, por favor. – Suplica el anciano levantando ambas manos en ademán tranquilizador. – Suelta a la niña, que no te ha hecho nada la pobre, y solucionemos esto hablando como adultos.
-      ¡¡Cállate!! ¡Calla! ¡Si pagases tus deudas cuando corresponde, nada de esto sería necesario!
 A medida que habla mi captor, la presión que siento contra la garganta se va haciendo más fuerte y, como su mano tampoco me suelta el resto del cuello, temo llegar a casa marcada.
-      Por el amor del cielo, suéltala. Ahora mismo no puedo pagarte, pero sabes que te devolveré todo el dinero lo antes posible… Solo te estoy pidiendo que tengas un poco más de paciencia con este viejo que solo tiene un puesto de dulces ambulante como único sustento. Por favor… Estamos dando un pésimo espectáculo.
-      ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Ese es tu problema, no el mío, y tienes que pagarme ya sin importar cómo consigas el dinero! ¡Tengo una familia de la que hacerme cargo, no puedo estar perdiendo el tiempo en cosas como esta!
 Ambas voces están rotas. La del anciano por la pena y el dolor de ver en otra persona una situación que, seguramente, él ha vivido en algún momento y no es precisamente agradable. La del hombre más joven está manchada de rabia y tristeza al verse rebajado a tales extremos solo para poder mantener a su familia. Probablemente se esté preguntando qué pensarían sus hijos si lo viesen hacer esto solo para conseguir dinero y, si es así, lo más seguro es que se sienta despreciable.
 Después de todo, el hombre al que consideraba un miserable criminal se ha convertido en un padre de familia desesperado. Y, con este descubrimiento, el miedo se transforma hasta fundirse con ese dolor, esa rabia que tiñe sus palabras y sus actos. Porque esto no debería estar pasando. No es justo.
 ¿Hasta dónde puede llegar la injusticia en este mundo? ¿Y la desesperación? ¿Por qué se obliga a las personas a hacer cosas tan horribles?

 Pierdo el hilo de mis pensamientos cuando la presión que ejerce sobre mi cuello empieza a volverse dolorosa, tanto que no puedo contener un quejido. Y, de pronto, un chasquido metálico se deja oír entre el jaleo circense.
 Reconozco ese sonido y me las ingenio para levantar la cabeza, haciéndome daño, justo a tiempo para ver cómo una silueta menuda y de aspecto imponentemente gélido se dirige hacia nosotros con un salto impensable para alguien que no tenga una forma física excepcional.
 Mi mente retrocede seis años en el tiempo y se dirige a un callejón no muy lejano para recordarme la sangre y el horror. El mismo horror que me hace reaccionar, dándome valor para hacer lo que no hice ese día.
-      ¡¡Ekko, para!!

1 comentario:

  1. Desde luego no soy totalmente imparcial, diria más bien que me cuesta serlo, pero estoy de acuerdo con el comentario que se hizo en la entrega del día 15 de Noviembre, la escritura y la narración estan en una escala alta, cada renglón sorprende por el manejo de las palabras y el mistrerio que se trata de guardar tras de ellas. Lo sigo con intrerés y lo reeleo. Estás en el camino. Enhorabuena.

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