lunes, 4 de noviembre de 2013

PRÓLOGO

 Desenvolverse en aquel mundo extraño era sencillo y complicado al mismo tiempo. No sabía muy bien si su condición resultaba o no ventajosa, pero al menos no necesitaba encontrar techo o empleo.
 Nadie se percataba de su presencia y tampoco necesitaba ayuda, de modo que se limitaba a coger lo estrictamente necesario para subsistir. Era solo una sombra que se arrastraba sin rumbo definido.
 Tal vez por eso se le hizo extraño ver esfumarse su libertad entre cemento y piedra, escapándose entre las paredes del viejo y húmedo sótano que hacía de prisión.
 Sin embargo, no se resistió. Ni siquiera puso objeción alguna.
 Dejó que los grilletes atenazaran sus muñecas y le mordieran los tobillos con fiereza, como si tratasen de sujetar a una bestia salvaje. Se fundió con ellos, pasando a ser una pieza más en aquel macabro decorado.
 En todo el tiempo que los guardias pasaron custodiando el exterior de la improvisada mazmorra, no escucharon sacudirse las cadenas ni una sola vez. Nada de quejidos, gritos, suspiros o sollozos. Ni una sola súplica. Ningún lamento. No hubo movimiento alguno, ni intentos vanos de huida.
 En el interior de la celda se respiraba una quietud terrorífica. Parecía como si allí dentro no hubiese nada vivo.
 Y, sin embargo, lo había.
* *  *
 
Los días corrían como nunca. A veces enviaban un par de tímidos rayos de sol para romper la oscuridad del lugar, pero nada pudo acabar con el silencio.
 Cuando sus captores tuvieron a bien mostrarse y comunicarle el motivo de su retención, así como sus nuevas órdenes, aceptó sin ni siquiera despegar los labios. Pese a llevar la guerra en la sangre, sabía perfectamente que aquellas personas no eran más que un grupo de pulgas molestas e indefensas.
 Por eso no se defendió como antes lo habría hecho, ni se le pasó por la cabeza intentar hacerles daño.
 Simple y llanamente, no era necesario.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario