Desenvolverse en
aquel mundo extraño era sencillo y complicado al mismo tiempo. No sabía muy
bien si su condición resultaba o no ventajosa, pero al menos no necesitaba
encontrar techo o empleo.
Nadie se percataba de su presencia y tampoco
necesitaba ayuda, de modo que se limitaba a coger lo estrictamente necesario
para subsistir. Era solo una sombra que se arrastraba sin rumbo definido.
Tal vez por eso se le hizo extraño ver
esfumarse su libertad entre cemento y piedra, escapándose entre las paredes del
viejo y húmedo sótano que hacía de prisión.
Sin embargo, no se resistió. Ni siquiera puso
objeción alguna.
Dejó que los grilletes atenazaran sus muñecas
y le mordieran los tobillos con fiereza, como si tratasen de sujetar a una bestia
salvaje. Se fundió con ellos, pasando a ser una pieza más en aquel macabro
decorado.
En todo el tiempo que los guardias pasaron
custodiando el exterior de la improvisada mazmorra, no escucharon sacudirse las
cadenas ni una sola vez. Nada de quejidos, gritos, suspiros o sollozos. Ni una
sola súplica. Ningún lamento. No hubo movimiento alguno, ni intentos vanos de huida.
En el interior de la celda se respiraba una quietud
terrorífica. Parecía como si allí dentro no hubiese nada vivo.
Y, sin embargo, lo había.
* * *
Los días corrían como nunca.
A veces enviaban un par de tímidos rayos de sol para romper la oscuridad del lugar,
pero nada pudo acabar con el silencio.
Cuando sus captores tuvieron a bien mostrarse y
comunicarle el motivo de su retención, así como sus nuevas órdenes, aceptó sin ni
siquiera despegar los labios. Pese a llevar la guerra en la sangre, sabía perfectamente
que aquellas personas no eran más que un grupo de pulgas molestas e indefensas.
Por eso no se defendió como antes lo habría hecho,
ni se le pasó por la cabeza intentar hacerles daño.
Simple y llanamente, no era necesario.
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