* * *
Abrí los ojos mientras me incorporaba,
inconscientemente y sin apenas respiración. Lo único que podía escuchar era el
sonido de mis latidos desbocados golpeándome a una velocidad dolorosa.
Miré hacia todas partes, confusa, y un suspiro
de alivio abandonó su refugio entre mis labios al reconocer la decoración de mi
cuarto entre la maraña de sobras nocturnas. Estaba en casa.
Sonreí, pero la sonrisa se me congeló en el
rostro al volverme hacia la mesilla de noche: sobre ella, dentro de un pequeño
jarrón de cristal, descansaba una rosa de pétalos tan rojos como las manchas
que cubrían algunas de sus espinas. Levanté la mano derecha por puro instinto y
la vi decorada con pequeños lunares de sangre medio seca. La misma que
ensuciaba la perfección de la rosa.
Y entonces lo recordé todo. Las imágenes y
sensaciones desfilaron por mi cerebro a una velocidad vertiginosa.
La escapada nocturna al circo y sus
maravillosas funciones, el extraño mago regalándome la flor.
Reviví el encontronazo con mi supuesta
protectora y mi enfado. La carrera a través del laberinto de callejones,
acompañada por el miedo y la peste a alcohol. Luego…
Temor e impotencia. Temblores y heridas de
rosa en mis manos, de las que brotaban lágrimas de sangre, exactas al charco
creciente que teñiría de escarlata el suelo en apenas unos segundos.
Me estremecí ante la imagen del hombre sin
vida, tendido a mis pies. Casi pude escucharle caer de nuevo.
Sacudí la cabeza en un vano intento de
eliminar aquellas grotescas escenas de mi memoria.
Algo se movió en el otro extremo del
dormitorio. El levísimo sonido de una prenda cayéndose bastó para que me
aferrase a las sábanas como si formasen alguna especie de fuerza salvadora. Fue
al desviar la mirada del suelo cuando reparé en ella: callada y completamente
inmóvil, su cabello blanco era lo único que podía distinguirse bien.
Eso bastó para traerme a la mente los destellos
blanquecinos, la silueta menuda y albina amparada por la luz de la luna y esa
mano inhumana, poblada de extrañas y amenazadoras dagas donde debería tener
dedos. Dagas por las que se deslizaban hilos de color escarlata que terminaban
goteando contra el suelo.
Atenazada por el mismo pánico que había
sentido en ese momento, me contuve a duras penas para no gritar. No sabía que
hacíamos de nuevo en mi casa, ni por qué estaba ella ahí. No entendía nada.
Percibí su mirada gélida clavada en mí y, a raíz
de eso, que se me anegasen los ojos de lágrimas y el pulso me fallara durante un
instante eterno, fue todo cuestión de pocos segundos.
Quise ordenarle que se marchara, pero solo colaboraron
mis labios. La voz se había esfumado de mi garganta.
Inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo que los
mechones más cortos de su desordenado cabello le taparan parcialmente el rostro
y enmarcasen aquellos enormes ojos estremecedores. Se movió lenta y sigilosamente.
A cada paso que avanzaba en mi dirección, yo me iba pegando más a la pared.
Cruzó media habitación y se detuvo sobre la alfombra,
a menos de medio metro de mi cama.
Sus ojos me taladraron de una forma que me arrancó
varios escalofríos. Despegó los labios casi imperceptiblemente.
- ¿Me tienes miedo?
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