sábado, 9 de noviembre de 2013


* * *

 Abrí los ojos mientras me incorporaba, inconscientemente y sin apenas respiración. Lo único que podía escuchar era el sonido de mis latidos desbocados golpeándome a una velocidad dolorosa.
 Miré hacia todas partes, confusa, y un suspiro de alivio abandonó su refugio entre mis labios al reconocer la decoración de mi cuarto entre la maraña de sobras nocturnas. Estaba en casa.
 Sonreí, pero la sonrisa se me congeló en el rostro al volverme hacia la mesilla de noche: sobre ella, dentro de un pequeño jarrón de cristal, descansaba una rosa de pétalos tan rojos como las manchas que cubrían algunas de sus espinas. Levanté la mano derecha por puro instinto y la vi decorada con pequeños lunares de sangre medio seca. La misma que ensuciaba la perfección de la rosa.
 Y entonces lo recordé todo. Las imágenes y sensaciones desfilaron por mi cerebro a una velocidad vertiginosa.
 La escapada nocturna al circo y sus maravillosas funciones, el extraño mago regalándome la flor.
 Reviví el encontronazo con mi supuesta protectora y mi enfado. La carrera a través del laberinto de callejones, acompañada por el miedo y la peste a alcohol. Luego…
 Temor e impotencia. Temblores y heridas de rosa en mis manos, de las que brotaban lágrimas de sangre, exactas al charco creciente que teñiría de escarlata el suelo en apenas unos segundos.
 Me estremecí ante la imagen del hombre sin vida, tendido a mis pies. Casi pude escucharle caer de nuevo.
 Sacudí la cabeza en un vano intento de eliminar aquellas grotescas escenas de mi memoria.

 
 Algo se movió en el otro extremo del dormitorio. El levísimo sonido de una prenda cayéndose bastó para que me aferrase a las sábanas como si formasen alguna especie de fuerza salvadora. Fue al desviar la mirada del suelo cuando reparé en ella: callada y completamente inmóvil, su cabello blanco era lo único que podía distinguirse bien.
 Eso bastó para traerme a la mente los destellos blanquecinos, la silueta menuda y albina amparada por la luz de la luna y esa mano inhumana, poblada de extrañas y amenazadoras dagas donde debería tener dedos. Dagas por las que se deslizaban hilos de color escarlata que terminaban goteando contra el suelo.
 Atenazada por el mismo pánico que había sentido en ese momento, me contuve a duras penas para no gritar. No sabía que hacíamos de nuevo en mi casa, ni por qué estaba ella ahí. No entendía nada.
 Percibí su mirada gélida clavada en mí y, a raíz de eso, que se me anegasen los ojos de lágrimas y el pulso me fallara durante un instante eterno, fue todo cuestión de pocos segundos.
 Quise ordenarle que se marchara, pero solo colaboraron mis labios. La voz se había esfumado de mi garganta.
 Inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo que los mechones más cortos de su desordenado cabello le taparan parcialmente el rostro y enmarcasen aquellos enormes ojos estremecedores. Se movió lenta y sigilosamente. A cada paso que avanzaba en mi dirección, yo me iba pegando más a la pared.
 Cruzó media habitación y se detuvo sobre la alfombra, a menos de medio metro de mi cama.
 Sus ojos me taladraron de una forma que me arrancó varios escalofríos. Despegó los labios casi imperceptiblemente.
-      ¿Me tienes miedo?

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