Aquello me pilló completamente desprevenida:
no solo era la primera vez que la oía hablar, sino que además lo había hecho en
mi idioma. Tenía un ligero acento que no supe identificar, pero se la entendía
perfectamente.
Terror y asombro se mezclaron en mi interior
al escuchar esa voz neutra, vacía y tan fría como su aspecto físico.
¿Qué debía responderle? ¡Por supuesto que le
tenía miedo! ¡Mucho más que miedo! Y sin embargo…
En cierto modo, sentí que también era la voz
de una niña.
Una niña como yo.
Movida por un sentimiento incomprensible y esa
inocente curiosidad que solo se tiene a los diez años, sequé mis lágrimas como
buenamente pude e hice un gesto de duda.
-
Sí y no. – Intuí que quería una
explicación, de modo que obligué a mis temblorosas cuerdas vocales a dársela. –
Tengo miedo de lo que he visto. Mucho, muchísimo miedo. Pero hemos estado solas
muchas veces y nunca me has hecho nada.
Tragué
la poca saliva que me quedaba, esperando su reacción. Aunque era casi imposible
percibir algún cambio en aquel rostro inexpresivo.
Permaneció así unos minutos, sin moverse ni un
centímetro. Solo un par de parpadeos evitaron que la confundiese con una
estatua.
Cuando ya me estaba resignando a dar por
terminada nuestra efímera conversación, la extraña relajó un poco el cuerpo.
-
Solo lo hice porque era necesario. Ese
hombre iba a hacerte daño.
Lo dijo como si estuviésemos hablando de tirar
los fragmentos de un cristal roto para que nadie se cortase al pisarlos. La
indiferencia de su respuesta y el hecho de que arrebatarle la vida a una
persona le parecía algo completamente normal me asustaron incluso más.
-
Pero… ¡Lo que has hecho está mal! ¡Muy mal!
Volvió a parpadear y, por un instante, me
pareció que estaba confusa.
-
¿Mal? Solo te estaba protegiendo. Es mi
trabajo.
-
¡Puede que sea tu trabajo, pero no tenías
que…! – Se me cortó la voz al recordar de nuevo la escena, y supe que esa
imagen habitaría en mis pesadillas durante mucho tiempo.
Cerré
los ojos un momento para intentar relajarme. Esa tranquilidad no era normal.
Ninguna persona podría cometer tal atrocidad y quedarse como si no hubiese
pasado nada.
Bueno, casi como si no hubiese pasado nada. No
mostraba arrepentimiento, pero parecía que su confusión iba creciendo
paulatinamente con cada palabra. Y eso se reflejaba en sus ojos.
-
Si no estaba bien, ¿por qué no me dijiste
que no lo hiciera?
En ese momento fui yo la sorprendida. ¿Cómo
que por qué no se lo dije? ¡Matar está mal, eso es algo que se sabe desde que
empiezas a razonar!
No supe lo que responder. Dejando de lado el
hecho de que en ese momento estaba demasiado atemorizada para pronunciar una
sola palabra, eso es algo que no necesitas que te recuerden: no se hace y
punto.
Abrí y cerré la boca un par de veces, a ver si
de esa forma se trazaba una respuesta con un mínimo de sentido. Pero no
conseguí nada.
Aturdida ante aquella pregunta, decidí que lo
mejor era desviar el tema de conversación.
-
¿Por qué nunca hablas? ¿No es aburrido
estar siempre callada?
Tardó un momento en responder, pero finalmente
hizo un gesto de indiferencia con los hombros.
-
No tengo mucho que decir. Tampoco se me
pregunta nada.
Aquella conversación empezaba a ponerme
nerviosa: todo era breve, frío y extremadamente lógico. ¿Acaso no sentía? ¿No
tenía opiniones, deseos o ideas? ¿No era una niña normal?
De pronto, cientos de preguntas se me
enredaron en la mente. ¿Quién era y de dónde venía? ¿Qué le gustaba hacer? ¿Por
qué estaba siempre magullada? ¿Cuándo había llegado a mi casa? ¿Por qué siempre
estaba quieta y alerta? ¿Qué edad tenía realmente?
Aquella, pensé, estaba siendo la noche más
extraña de todas las que había vivido hasta entonces. Aunque lo que no sabía era que el futuro me
deparaba otras bastante similares.
No tenía muy claro qué hora era, ni cuánto
había dormido. Supuse que pronto amanecería, aunque no estaba especialmente
cansada.
Suspiré. Mi temor mermaba poco a poco y no
supe si eso era bueno o malo.
Aquella niña había matado a un hombre, ¿cómo
podía estar charlando tranquilamente con ella? Bueno, supongo que fuera de la resignación
y la confianza infantil: yo era débil e impresionable, defectuosa. Si quería
hacerme daño probablemente lo lograría antes de que intentase gritar, así que no
tenía forma alguna de defenderme y supongo que fue esa certeza la que instó a
mi instinto a “aliarse con el enemigo.”
Durante un breve período de tiempo, ninguna de
las dos dijo absolutamente nada. Las preguntas sin respuesta seguían revoloteando
dentro de mi cabeza y, por algún motivo, no me decidía a formular ninguna en voz
alta.
La miré. Su mano derecha había recobrado sus dedos
finos y pálidos, cosa que me hizo preguntarme si el recuerdo de aquellas extrañas
garras no era más que un producto de mi imaginación. Todo era cada vez más confuso:
si la observaba así, parecía casi normal. Era simplemente una niña albina, magullada
y delgada, pero no parecía ni la mitad de aterradora.
Pero seguía teniendo ese algo extraño que resultaba intimidante.
Decidí
que alguna de las dos debía llenar el vacío. En vistas de que ella permanecería
callada a menos que se la instase a hablar, decidí hacerlo yo con una de las preguntas
que tantas ganas tenían de salir.
-
Oye, ¿tienes nombre?
Tardó un poco menos que de costumbre en reaccionar
y, cuando lo hizo, fue con un gesto de sorpresa que asocié a la falta de costumbre
a responder preguntas personales. Asintió con la cabeza, haciendo que su desigual
cabello se meciese a su alrededor en un desordenado baile.
Al pasar unos segundos y ver que esa era toda su
respuesta, resoplé desesperada.
-
¿Y cómo te llamas?
Volvió
a inclinar ligeramente la cabeza, pero esa vez su expresión se volvió más relajada
e infantil. Fue en ese preciso instante cuando una parte de mí comprendió que, en
cierto modo, era inofensiva.
-
Ekko.
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