domingo, 10 de noviembre de 2013


 Aquello me pilló completamente desprevenida: no solo era la primera vez que la oía hablar, sino que además lo había hecho en mi idioma. Tenía un ligero acento que no supe identificar, pero se la entendía perfectamente.
 Terror y asombro se mezclaron en mi interior al escuchar esa voz neutra, vacía y tan fría como su aspecto físico.
 ¿Qué debía responderle? ¡Por supuesto que le tenía miedo! ¡Mucho más que miedo! Y sin embargo…
 En cierto modo, sentí que también era la voz de una niña.
 Una niña como yo.
 Movida por un sentimiento incomprensible y esa inocente curiosidad que solo se tiene a los diez años, sequé mis lágrimas como buenamente pude e hice un gesto de duda.
-      Sí y no. – Intuí que quería una explicación, de modo que obligué a mis temblorosas cuerdas vocales a dársela. – Tengo miedo de lo que he visto. Mucho, muchísimo miedo. Pero hemos estado solas muchas veces y nunca me has hecho nada.
Tragué la poca saliva que me quedaba, esperando su reacción. Aunque era casi imposible percibir algún cambio en aquel rostro inexpresivo.
 Permaneció así unos minutos, sin moverse ni un centímetro. Solo un par de parpadeos evitaron que la confundiese con una estatua.
 Cuando ya me estaba resignando a dar por terminada nuestra efímera conversación, la extraña relajó un poco el cuerpo.
-      Solo lo hice porque era necesario. Ese hombre iba a hacerte daño.
 Lo dijo como si estuviésemos hablando de tirar los fragmentos de un cristal roto para que nadie se cortase al pisarlos. La indiferencia de su respuesta y el hecho de que arrebatarle la vida a una persona le parecía algo completamente normal me asustaron incluso más.
-      Pero… ¡Lo que has hecho está mal! ¡Muy mal!
 Volvió a parpadear y, por un instante, me pareció que estaba confusa.
-      ¿Mal? Solo te estaba protegiendo. Es mi trabajo.
-      ¡Puede que sea tu trabajo, pero no tenías que…! – Se me cortó la voz al recordar de nuevo la escena, y supe que esa imagen habitaría en mis pesadillas durante mucho tiempo.
Cerré los ojos un momento para intentar relajarme. Esa tranquilidad no era normal. Ninguna persona podría cometer tal atrocidad y quedarse como si no hubiese pasado nada.
 Bueno, casi como si no hubiese pasado nada. No mostraba arrepentimiento, pero parecía que su confusión iba creciendo paulatinamente con cada palabra. Y eso se reflejaba en sus ojos.
-      Si no estaba bien, ¿por qué no me dijiste que no lo hiciera?
 En ese momento fui yo la sorprendida. ¿Cómo que por qué no se lo dije? ¡Matar está mal, eso es algo que se sabe desde que empiezas a razonar!
 No supe lo que responder. Dejando de lado el hecho de que en ese momento estaba demasiado atemorizada para pronunciar una sola palabra, eso es algo que no necesitas que te recuerden: no se hace y punto.

 Abrí y cerré la boca un par de veces, a ver si de esa forma se trazaba una respuesta con un mínimo de sentido. Pero no conseguí nada.
 Aturdida ante aquella pregunta, decidí que lo mejor era desviar el tema de conversación.
-      ¿Por qué nunca hablas? ¿No es aburrido estar siempre callada?
 Tardó un momento en responder, pero finalmente hizo un gesto de indiferencia con los hombros.
-      No tengo mucho que decir. Tampoco se me pregunta nada.
 Aquella conversación empezaba a ponerme nerviosa: todo era breve, frío y extremadamente lógico. ¿Acaso no sentía? ¿No tenía opiniones, deseos o ideas? ¿No era una niña normal?
 De pronto, cientos de preguntas se me enredaron en la mente. ¿Quién era y de dónde venía? ¿Qué le gustaba hacer? ¿Por qué estaba siempre magullada? ¿Cuándo había llegado a mi casa? ¿Por qué siempre estaba quieta y alerta? ¿Qué edad tenía realmente?
 Aquella, pensé, estaba siendo la noche más extraña de todas las que había vivido hasta entonces.   Aunque lo que no sabía era que el futuro me deparaba otras bastante similares.
 No tenía muy claro qué hora era, ni cuánto había dormido. Supuse que pronto amanecería, aunque no estaba especialmente cansada.
 Suspiré. Mi temor mermaba poco a poco y no supe si eso era bueno o malo.
 Aquella niña había matado a un hombre, ¿cómo podía estar charlando tranquilamente con ella? Bueno, supongo que fuera de la resignación y la confianza infantil: yo era débil e impresionable, defectuosa. Si quería hacerme daño probablemente lo lograría antes de que intentase gritar, así que no tenía forma alguna de defenderme y supongo que fue esa certeza la que instó a mi instinto a “aliarse con el enemigo.”
 Durante un breve período de tiempo, ninguna de las dos dijo absolutamente nada. Las preguntas sin respuesta seguían revoloteando dentro de mi cabeza y, por algún motivo, no me decidía a formular ninguna en voz alta.
 La miré. Su mano derecha había recobrado sus dedos finos y pálidos, cosa que me hizo preguntarme si el recuerdo de aquellas extrañas garras no era más que un producto de mi imaginación. Todo era cada vez más confuso: si la observaba así, parecía casi normal. Era simplemente una niña albina, magullada y delgada, pero no parecía ni la mitad de aterradora.
 Pero seguía teniendo ese algo extraño que resultaba intimidante.

Decidí que alguna de las dos debía llenar el vacío. En vistas de que ella permanecería callada a menos que se la instase a hablar, decidí hacerlo yo con una de las preguntas que tantas ganas tenían de salir.
-      Oye, ¿tienes nombre?
 Tardó un poco menos que de costumbre en reaccionar y, cuando lo hizo, fue con un gesto de sorpresa que asocié a la falta de costumbre a responder preguntas personales. Asintió con la cabeza, haciendo que su desigual cabello se meciese a su alrededor en un desordenado baile.
 Al pasar unos segundos y ver que esa era toda su respuesta, resoplé desesperada.
-      ¿Y cómo te llamas?
Volvió a inclinar ligeramente la cabeza, pero esa vez su expresión se volvió más relajada e infantil. Fue en ese preciso instante cuando una parte de mí comprendió que, en cierto modo, era inofensiva.
-      Ekko.

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