En los días siguientes, la recién llegada se
convirtió en poco menos que mi sombra: pasaba las horas sentada a mi lado
cuando debía guardar cama, me seguía por toda la casa como un perro
guardián… Era realmente irritante.
Busqué a mis padres por todas partes para que
me diesen una explicación al respecto pero, como era costumbre en ellos, no se
dignaron a aparecer por casa. Las respuestas llegaron por boca de mi niñera.
Al principio parecía reacia a decir nada, pero
solo aguantó callada un par de minutos: aquella niña de apariencia
incomprensible había resultado ser la encargada de mi protección, dentro y
fuera de la casa.
No podía creerlo. La miré fijamente, esperando
una de sus enormes sonrisas marcadas por las arrugas y un “tranquila, solo era
una broma.” Pero no hubo nada de eso.
Traté de asimilarlo en vano. Acostumbrada a
los hombres fuertes e intimidantes que solían acompañarme en mis contadas
salidas al mundo, no concebía la idea de que una niña de más o menos mi edad ocupara
ese cargo.
Debo reconocer que no le di la mejor
bienvenida del mundo, aunque tampoco es de extrañar. Me crié enclaustrada con
mi debilidad genética, privada de todas las diversiones con las que disfrutaban
los niños de mi edad y condenada a pasar mis horas entre libros, medicinas y
protocolo.
Quisieron hacer de mí una “señorita de
provecho” y lo único que consiguieron con ello fue hacerme odiar a casi todo el
mundo. Y aquella extraña impuesta por mis padres no iba a ser una excepción.
De hecho, era la que más motivos tenía para
llevarse mi odio. Era diferente… Fuerte.
No solo tenía la fuerza y resistencia de la
que yo carezco, sino que además era lo bastante autosuficiente como para
proteger a alguien de su misma edad.
Supongo que, al fin y al cabo, todo era
envidia. La punzante y dolorosa envidia de una prisionera en su propio cuerpo
hacia una extranjera misteriosa y libre.
No sabía nada de ella. Si tenía o no familia y
dónde vivía, si le gustaba trabajar para mis padres o cuándo y por qué había
empezado a hacerlo aún siendo tan pequeña… Ni siquiera estaba segura de que
hablase mi idioma, porque en los días siguientes no la escuché decir una sola
palabra. Era tan sigilosa que ni siquiera hacía ruido al andar, y eso me ponía
de los nervios.
Pasó poco más de una semana. Empecé a
acostumbrarme a tenerla siempre pegada a los talones, aunque no quiere decir
que me resultara agradable.
Durante esos días tuve un humor de perros. ¿El
motivo? Un circo ambulante.Rogué, supliqué y lloré para que cediesen a dejarme verlo, pero todo fue en vano.
Siempre he amado el circo. Los colores, la música,
las risas y esas carpas enormes que bien podrían abarcar plazas enteras. Para alguien
como yo, todo lo que simbolizase estar fuera de cuatro enormes paredes opresoras
resultaba fascinante.
¿De verdad era tanto pedir? ¿Iban a cometer alguna
especie de crimen permitiendo que alguien acompañase a su única hija de diez años
a ver el circo ambulante? Pues es evidente que ellos debían creerlo.
Aquella misma noche, cuando toda la casa estaba
ya oscura y en silencio, sentí la llamada de aquellas coloridas y brillantes luces.
Coreaban mi nombre de una forma demasiado hipnótica para resistirse, de modo que
me escabullí fuera de mi cuarto y bajé de puntillas las escaleras para no hacer
el menor ruido.
Frente a la puerta de la calle había una capa colgada.
Tuve que saltar un par de veces para cogerla, pero conseguí bajarla del perchero
y ponérmela.
Abrí la puerta mientras me la colocaba de forma
que pudiese caminar y ver por dónde pisaba, ya que los pies se me enredaban en el
bajo y la capucha me tapaba por completo la nariz. Una vez acomodado aquel enorme
pedazo de tela, cerré el portón con todo el sigilo que pude y me encaminé a la aventura.
Como banda sonora, el sonido de la capa arrastrándose
por el suelo al compás de mis pasos y mis latidos desbocados por la emoción. No
sentí inseguridad, frío ni miedo ante la noche cerrada.
No imaginaba que toda mi vida estaba a punto de
cambiar.
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