miércoles, 6 de noviembre de 2013


 En los días siguientes, la recién llegada se convirtió en poco menos que mi sombra: pasaba las horas sentada a mi lado cuando debía guardar cama, me seguía por toda la casa como un perro guardián…    Era realmente irritante.
 Busqué a mis padres por todas partes para que me diesen una explicación al respecto pero, como era costumbre en ellos, no se dignaron a aparecer por casa. Las respuestas llegaron por boca de mi niñera.
 
Al principio parecía reacia a decir nada, pero solo aguantó callada un par de minutos: aquella niña de apariencia incomprensible había resultado ser la encargada de mi protección, dentro y fuera de la casa.
 No podía creerlo. La miré fijamente, esperando una de sus enormes sonrisas marcadas por las arrugas y un “tranquila, solo era una broma.” Pero no hubo nada de eso.
  Traté de asimilarlo en vano. Acostumbrada a los hombres fuertes e intimidantes que solían acompañarme en mis contadas salidas al mundo, no concebía la idea de que una niña de más o menos mi edad ocupara ese cargo.
 Debo reconocer que no le di la mejor bienvenida del mundo, aunque tampoco es de extrañar. Me crié enclaustrada con mi debilidad genética, privada de todas las diversiones con las que disfrutaban los niños de mi edad y condenada a pasar mis horas entre libros, medicinas y protocolo.
 Quisieron hacer de mí una “señorita de provecho” y lo único que consiguieron con ello fue hacerme odiar a casi todo el mundo. Y aquella extraña impuesta por mis padres no iba a ser una excepción.
  De hecho, era la que más motivos tenía para llevarse mi odio. Era diferente… Fuerte.
 No solo tenía la fuerza y resistencia de la que yo carezco, sino que además era lo bastante autosuficiente como para proteger a alguien de su misma edad.
 Supongo que, al fin y al cabo, todo era envidia. La punzante y dolorosa envidia de una prisionera en su propio cuerpo hacia una extranjera misteriosa y libre.
 No sabía nada de ella. Si tenía o no familia y dónde vivía, si le gustaba trabajar para mis padres o cuándo y por qué había empezado a hacerlo aún siendo tan pequeña… Ni siquiera estaba segura de que hablase mi idioma, porque en los días siguientes no la escuché decir una sola palabra. Era tan sigilosa que ni siquiera hacía ruido al andar, y eso me ponía de los nervios.

 
 Pasó poco más de una semana. Empecé a acostumbrarme a tenerla siempre pegada a los talones, aunque no quiere decir que me resultara agradable.
 Durante esos días tuve un humor de perros. ¿El motivo? Un circo ambulante.
 Rogué, supliqué y lloré para que cediesen a dejarme verlo, pero todo fue en vano.
 Siempre he amado el circo. Los colores, la música, las risas y esas carpas enormes que bien podrían abarcar plazas enteras. Para alguien como yo, todo lo que simbolizase estar fuera de cuatro enormes paredes opresoras resultaba fascinante.
¿De verdad era tanto pedir? ¿Iban a cometer alguna especie de crimen permitiendo que alguien acompañase a su única hija de diez años a ver el circo ambulante? Pues es evidente que ellos debían creerlo.
 Aquella misma noche, cuando toda la casa estaba ya oscura y en silencio, sentí la llamada de aquellas coloridas y brillantes luces. Coreaban mi nombre de una forma demasiado hipnótica para resistirse, de modo que me escabullí fuera de mi cuarto y bajé de puntillas las escaleras para no hacer el menor ruido.
 Frente a la puerta de la calle había una capa colgada. Tuve que saltar un par de veces para cogerla, pero conseguí bajarla del perchero y ponérmela.
 Abrí la puerta mientras me la colocaba de forma que pudiese caminar y ver por dónde pisaba, ya que los pies se me enredaban en el bajo y la capucha me tapaba por completo la nariz. Una vez acomodado aquel enorme pedazo de tela, cerré el portón con todo el sigilo que pude y me encaminé a la aventura.
 Como banda sonora, el sonido de la capa arrastrándose por el suelo al compás de mis pasos y mis latidos desbocados por la emoción. No sentí inseguridad, frío ni miedo ante la noche cerrada.
 No imaginaba que toda mi vida estaba a punto de cambiar.

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