miércoles, 13 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 2


 El tiempo pasaba y con él mi inicial aversión hacia Ekko. Ambas fuimos adaptándonos la una a la otra: yo me acostumbré a tenerla pegada prácticamente las veinticuatro horas del día y aprendí a no asustarme si aparecía de pronto en mi cuarto con su habitual sigilo felino. Ella trató de socializar un poco con la gente de la mansión y se esforzó por hacerse notar de vez en cuando para no matar a las criadas de un infarto.
 Durante los meses siguientes fui aceptando que me acompañase en todas mis escapadas y al año siguiente ya las planeábamos juntas.
 Y así hasta hoy.
* * *

 Es noche cerrada. El viento sopla, ensañándose con los cristales, y las nubes presagian lluvia. Pero nada de eso puede detener el torrente de vida que desfila por las calles.
 Bajo las escaleras de puntillas, rezando para no hacer crujir los escalones bajo mi peso. Al saltar el último, me dirijo al recibidor todo lo rápido que puedo, capa en mano.
 Abro la puerta con una mano mientras con la otra me ajusto la capa, aunque no me pongo la capucha hasta estar fuera y cerrar con toda la delicadeza de la que soy capaz.
  Alzo la cabeza para ver mejor las gigantescas telas multicolores que forman las carpas y sonrío sin poder evitarlo. Ahí empezó todo.
 Tengo dieciséis años. Han pasado seis desde el traumático suceso que me permitió ver a Ekko de forma diferente y, como si de una especie de aniversario se tratase, ambas venimos a ver el circo ambulante cada año; siempre juntas y siempre el mismo día.
 Comienzo a andar, consciente de que ella me sigue con su habitual sigilo. No puedo evitar mirarla y dejarme llevar por un sentimiento extraño al percatarme de cuánto ha cambiado: sigue siendo algo más baja que yo y no hay forma de que coja un poco de peso, sigue siendo igual de imponente y fuerte, pero… Su cabello ha crecido un poco. No demasiado, insiste en llevarlo corto porque dice que es más cómodo, pero al menos pude arreglármelas para igualarlo. Aunque normalmente viste ropa de chico por los mismos motivos, Ekko es una chica y eso empieza a notarse en su cuerpo.
 El cambio más notable son sus ojos, que ya no intimidan e incluso son capaces de sonreír a veces.
 Aunque, ahora que me paro a pensarlo, creo que el cambio en ese sentido ha sido mío: he aprendido a ver más allá de la frialdad, a leer sus sentimientos y tenerlos en cuenta aunque nunca los muestre…   Me ha costado seis años, pero creo que empiezo a comprenderla un poco. Ese ha sido mi gran avance durante este tiempo.

 
Tardo un momento en darme cuenta de que ella también me está mirando fijamente y no puedo evitar reírme mientras acelero un poco, sintiendo el aire impactando contra mi rostro.
-      Venga, que a este paso nos va a amanecer.
 Asiente con rapidez y la veo caminando a mi lado en solo unos segundos. Ella no lleva capa ni nada que se le parezca, así que me preocupa que pueda pasar frío. Aunque lo cierto es que nunca la he visto enferma.
-      ¿Por qué venimos cada año?
 La miro extrañada. No esperaba esa pregunta.
-      ¿Qué pasa, no te gusta?
-      No es eso. Ya debes saberte de memoria cada rincón, ¿por qué seguimos viniendo?
 Me detengo en seco, justo delante de ella y la miro directamente a los ojos, aunque para eso tengo que quitarme la capucha.
-      ¿Y qué si me lo he aprendido de memoria? Este lugar es especial. En cierto modo, todo empezó aquí. Es nuestra pequeña celebración privada. Además, la gente cambia a cada momento: falla, aprende de sus errores y evoluciona para cometer otros nuevos y seguir aprendiendo de ellos, así que no hay dos días iguales. Y menos dos actuaciones iguales.
-      Si las hubiese, algo me dice que seguirías viniendo. ¿Por qué amas tanto el circo?
 Ahora soy yo la que se queda pensando. ¿Por qué?
 Me hago un lado para que podamos seguir caminando y, poco a poco, nos vemos inmersas en el enredo de luces y olores que tan bien me hace sentir. Trajes deslumbrantes, payasos, malabaristas… Y al verles a todos, la respuesta viene sola.
-      No estoy segura de que haya un motivo concreto. Más bien, el circo es un motivo en sí. ¿Sabes? Desde que lo leí en los cuentos que tenía de niña, me enamoré de ese ambiente. El no tener un lugar fijo y poder llevar la casa a cuestas, la dedicación y el esfuerzo para hacer un buen número, los aplausos de la gente, los amigos que se hacen en el camino… Y ahora que puedo conocerlo de cerca es el doble de maravilloso. Se respira libertad por todas partes.

1 comentario:

  1. Me encanta tú forma de expresarte tengo muchas ganas de saber como continua la historia es muy interesante

    ResponderEliminar